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Duende Flamenco / Desde Bruselas.

Razones del cante en Jerez (Manuel Ríos Ruiz)

Cada día particularmente nos interesa menos la erudición en torno al cante flamenco. Primero porque consideramos que los buenos investigadores que se han dedicado al tema -Ricardo Molina, José Blas Vega, Fernando Quñones, Arcadio Larrea, etc- han puesto de relieve ya lo más esencial de su historia y de su evolución. También porque el cante está actualmente estructurado de forma que se nos antoja casi definitiva, como producto de una evolución lenta y de la etapa de revalorización que iniciada en los años cincuenta todavía vivimos, como lo prueba este Seminario y todos los ciclos teóricos que se celebran al cabo de cada año en peñas, aulas de univerdidades y centros de cultura. Y principalmente, por nuestra condición de aficionado más que de erudito, lo que de verdad nos interesa del cante flamenco es su vivencia, algo que está por encima de toda estadística rastreada y puesta de pie más por intuición que por certeza documental.
De ahí que el presente del cante flamenco sea lo que nos atraiga la atención, concientes de que es lo que en realidad estamos viviendo. Máxime cuando estamos convencidos de su importancia de que el cante andaluz está pasando por su época más álgida como consecuencia de un mayor esplendor.

Y con el cante, como con todo arte, ocurre que se cree que cualquier tiempo pasado fué mejor. Pero recordemos aquellas interrogantes que se planteaba Manuel Falla en torno a la creación de nuevas formas. Decía, preguntaba nuestro primer músico andaluz: "¿No leemos muchas veces en los estudios críticos de arte, elogios desmesurados de determinadas obras antiguas, haciendo pasar codefinitivas ciertas cualidades que, si acaso, sólo pueden admitirse como curiosos ensayos?. ¿No se llega hasta a afirmar que tal pasaje de tal sinfonía, de tal ópera o de tal oratorio clásicos tienen un poder de emoción cien veces superior a cuanto se produce en nuestra época?... ¿Se dice ésto con sincera convicción?. ¿Tal fuerza de sugestión ejerce sobre ciertos espíritus lo antiguo, sólo por ser antiguo, que llegue a hacerles negar, en provecho del pasado cuanto se realiza en el presente?.

Falla creía que a todas estas cábalas había que contestar sí... y no. Y lo razonaba con las siguientes palabras: " El conocimiento existe, pero de modo muy ralativo, puesto que es conocimiento engendrado por pasión, tal vez oculta, pero pasión al fin. Se trata -afirmaba- de una convicción nacida del odio, de la envidia, del deseo de destrucción de todo aquello que ha sido relizado por hombres que aún viven y cuya superioridad es, mientras más grande más insoportable. Se detesta en esa forma porque, decentemente, no se podría detestar en otra, y casi se llega en el engaño hasta obtener un apariencia de justificación para consigo mismo...".

Pienso que cuanto Falla pensaba al respecto y en defensa de la obra nueva, es aplicable al cante flamenco, por ello me he permitido traer a colación un buen párrafo de sus teorías. Cualquier nombre famoso de antaño produce en el crítico y en el flamencólogo una rara admiración y es puesto como ejemplo de gran cantaor, de genio a veces, cuando nadie de los vivos alcazó a escucharle, mientras que cantaores de hoy, buenos profesionales y con buenas cualidades de voz, incluso con estilo propio, son ignorados generalmente y sobre todo infravalorados por una absurda comparación con los cantaores de ayer.

Pues bien, partiendo de estas premisas nos acercamos hoy al cante de Jerez. Difícilmente podré hacerlo sin lirismo, pues tal vez me llevará a este tono mi condición de poeta y de jerezano, pero nuestro propósito es razonarlo con la mayor objetividad posible, teniendo en cuenta su pasado, no olvidando su presente y mirando hacia su futuro.

Y lo primero que se nos ocurre al respecto es que el cante de Jerez siempre fué y será embrionario. Quizás por esto escribió Eugenio Noel aquella su contundente afirmación: "la madre del cante, sí señor, es primero Jerez, y luego Jerez, y después, porque a Jerez la ha dao la gana, Sevilla".

Naturalmente, no compartimos tamaña exageración, pues circunscribir la naturaleza del cante andaluz a un solo lugar de nuestra geografía, sería limitar su grandeza en principio y negar ese concierto que toda la tierra andaluza ha compuesto conjuntamente con su idoiosincrasia, con sus valores sentimentales y su acervo cultural y folklórico.

Lo que sí creo es que Jerez ha sido siempre aljibe de lo jondo, lar propicio al cante, por una serie de motivaciones humanas que iremos enumerando.

Pero antes detengámonos en el ambiente. En Jerez se hallan implicadas dos formas de vida y de trabajo: la agricultura y la industia vinícola. Jerez es ciudad campesina cien por cien. Cortijos y viñas forman, como todos saben, unas de las campiñas más amplias y productivas del país, y en su casco urbano las bodegas y los talleres de tonelería fueron desde antaño lugares de trabajo especialísimos, de faenas que requerían una gran sensibilidad, la de la crianza de los vinos. Pero nunca hubo en Jerez separación entre el campesino y el artesano, pues la mayoría del pueblo trabajador lo hacía en esa tarea común de la crianza del vino, desde la viña a la bodega, por lo que las costumbres siempre fueron similares entre unos y otros; también porque en una misma familia se dió continuamente la dualida del campo y la ciudad.

Junto a esta circunstancia laboral, debemos reseñar cierto espíritu de presunción por la categoría de Jerez, por la categoría que de cara al mundo le prestó desde antiguo la fama de sus vinos, lo cual ha infuido profundamente en las características del hombre de Jerez, individualizándole del resto de la Baja Andalucía. Saberse jerezano y decirlo, siempre fué una especie de orgullo natural. De ahí que el jerezano sea generalmente extravertido, abierto, dado al diálogo y a la relación con el prójimo.

Otro aspecto del ambiente jerezano muy significativo, ha sido constantemente un singular sentido del señorío y de aristocracia que el pueblo recibe de los poseedores y lo asimila. El rico jerezano es, por razones de su negocio, una mezcla de cacique paternalista y hombre de mundo, muy dado a la diversión y a la juerga, a una generosidad muy sui generis cuando se siente a gusto, de fiesta, entre vino, guitarras y mujeres, o entre toros y caballos. Y la verdad es que todo payo o gitano de Jerez siente la necesidad de cierta emulación, de una acción cifrada en la manifestación de un poderío personal, que normalmente se exterioriza con el derroche de dinero en fiestas y vestidos muy por encima de sus aunténticas posibilidades crematísticas o, por lo menos, en detrimento de necesidades fundamentales.

Y antes estos comunes rasgos del jerezano, cabe preguntarse si se deben a unas razones metafísicas o a unas actitudes falsas. Difícil dilema dilucidar el carácter del jerezano. Hacerlo nos llevaría a un ámbito sociológico en el que nos perderíamos divagando. Digamos que el hombre de Jerez es espiritualmente un tanto irreflexivo por apasionadao y quizás estemos en lo cierto.

Pero vayamos al cante. En el cante de Jerez se reflejan todos los aspectos que sobre los carácteres de un pueblo hemos apuntado. Debemos situarlo en ese ambiente de los hombres del vino, que va de la viña a la bodega, que mira y admira al señorito, que tiene en la juerga y en la bacanal su expresión, o que crece en el tabanco al término de la jornada de trabajo.

Y sabido es que el cante de Jerez es fundamentalmente jondo, esencialmente gitano. La excepción de un Don Antonio Chacón es, dentro de su contexto, en su caso, la que confirma toda regla general. En Jerez, hasta los payos cantan gitano. El cantaor de Jerez, no pone sentido en la copla, pone en ella corazón simplemente, canta irreflexivamente, no le hacha cabeza al cante, no lo piensa, lo siente; de ahí que sea puro embrión, más raiz que rama, más savia que flor. Sólo matiza la queja, no la letra, acorta los tercios, precipita el compás, busca el duende eternamente, le gusta más el son que el sonido, la oscuridad antropológica prevalece sobre todo argumento, sobre toda palabra, la copla es sólo un pretexto para condensar la música.

¿Quiere decir todo esto que el cante de Jerez es, en comparación con el de otras comarcas andaluzas, menos cante ?

No. En todo caso sería, será, menos canción. Lo que el cante de Jerez pueda tener de imperfecto en cuanto a forma, en cuanto a dicción, en cuanto a calidad literaria, lo suple, y posiblemente lo supera, con fuerza emocional, con su profundidad casi ancestral, con su precipitada pasión, la que parece desembocarlo a un abismo de misterio, a un insondable estadio de imprecisión, donde lo telúrico cobra presencia y se hace protagonista, razón única.

Razón única y múltiple, que había que intuir en sus intérpretes, en los cantaores mismos. Los gitanos de Jerez, los hombres campesinos y artesanos de los barrios de Santiago y San Miguel han cantado siempre por sí mismos. Quiero decir que no se han mirado nunca en ningún espejo. Ese orgullo de ser de Jerez estuvo en ellos siempre patente. No han mimetizado jamás nada foráneo, han sido fieles a su propio eco. Hoy en día se dice que Terremoto es caracolero, sin advertir que Caracol era jerezano cantando, que estuvo siempre influenciado por las maneras y los cantes de Jerez. Sin embargo, ningún cantaor jerezano de ningún tiempo imita; en todo caso recrea y engrandece formas y estilos. Ejemplos: la creación de Manuel Torre de la taranta o del Niño Gloria sobre los fandangos de Lucena o de Huelva. Después de ellos o como ellos ¡o qué!.

Bien, sigamos hablando de lo que pudiéramos denominar espíritu del cante de Jerez. Podríamos remontar al Tío Luís el de la Juliana, pero eso sería apoyarse en la leyenda, aunque no tenía las mismas características, cante de borracherra, aunque fuera aguador. Un cante que si somos alguna vez capaz de escucharlo friamente, caso que dudo que pueda conseguir alguien cabal, habría que plantearse, podría plantearse, la disyuntiva filosófica de la emoción y el raciocinio. Confieso que lo hemos intentado en más de una ocasión, pero también he de confesar que no hemos conseguido concentrarnos o inhibirnos lo suficiente para separar ambas entidades, porque la potencia anímica ha prevalecido en el seno que es el lugar más legítimo y correspondiente para todo arte verdadero.

Así, al decir esto, al estar convencidos de estas cualidades, venimos a creer firmemente, tanto por lo que hayamos asumido por experiencia, como por lo que de una manera científica, comparativa, analítica en una palabra, podemos experimentar, que el cante de Jerez carece de evolución, sigue siendo reto, quejío, puñalada sonora, arpegio sentimentalísimo.

Dijo Válery que "un hombre que se mide a sí mismo y se rehace según sus claridades me parece una obra superior que me conmueve más que ninguna otra". Algo que, sino rehaciendose por sus claridades sino por sus obscuridades, ha logrado época tras época el cantaor jerezano: ser fiel a una tradición. Y esa fidelidad es la que, en resumen y en concreto, le injerta personalidad.

Ahora, cuando por su difusión el cante flamenco llega a una ligazón de matices comarcales, es de suma importancia que Jerez mantenga y defienda un distingo cantaor, una lucha -que no lo es en el fondo, puesto que se produce con toda sencillez y naturalidad- por la prevalencia de su concepción del cante. Para ejemplificar esta convicción podríamos acudir a la vivencia personal, al recuerdo de un Tio José de Paula, cantando después de tomarse un vaso de café con leche migao, cuando ya era un pabilo en una esquina, y compararlo con los momentos mejores de un Romerito o de un Sordera, con cuatro copas.

Queremos decir con ello que el espíritu se distingue, que se ve, o, bueno, se siente, se palpita, tiene la misma encarnadura, diríamos que sigue surgiendo del hígado hasta la boca, sin método que el temblor de lo emotivo. Lo comprobamos cuando escuchamos al Gómez, un chavea de ahora, recién parido, como aquel que dice, quejándose más que cantando por soleá. Es una cosa distinta el cante de Jerez, está más atrás de la copla y más allá de ella, es como la cuneta de un camino, que sin ella no existiría.

Y para más misterio, o para más razón, lo contraproducente. Si el cante de Jerez es un cante negro -valga el tópico- un cante a tropezones, a vómitos, sin verbo, con unas leyes íntimas e irracionales casi, ¿por qué la historia del cante flamenco está plagada de nombres preclaros de figuras famosas, de eminencias cantaoras jerezanas?

Aquí viene, como contestación al entente, aquello que antes esbozamos. Jerez, el pueblo de Jerez, es extravertido; siendo de tierra adentro, es espiritualmente propenso a la expasión; siente, sintió siempre, un deseo de universalidad, lo lleva en los tuétanos. El gitano de Jerez, a fuer de juergas y fiestas, se proyecta al exterior. Al Marruro lo hicieron famosos los paganinis de Sevilla, como al Señó Manuel Molina y después a Juan el de Alonso y Manuel Torre. El Niño Gloria deja un día la yunta y se planta en Sevilla. Esto no lo hicieron por aquel entonces otros flamencos, de otras poblaciones. Era cuestión de espíritu, de ganas de fama y de conciencia de que se era alguien cantando. Y los jerezanos siempre tuvieron, ya lo dijimos, absoluta convicción de su capacidad y personalidad. Por otra parte era la forma de poder emular en lo posible, o algunas veces, al típico señorito jerezano, con el poderío de unas monedas para mantener galgos o ir a los toros a sombra.

Además, en Jerez, siempre se ha dado el fenómeno de nacer artista, así, por las buenas, como teniendo la certeza de que no se sirve para otra cosa. Tal es el caso de un Fernando Fernández "Terremoto" o un Rafael Soto Moreno "Rafael de Paula", o de que se remita la circunstancia de El Gloria, ese pasar del canpo directamente a los tablaos, que repitieron recientemente El Sernita, El Sordera o Fernandito Gálvez.

Casos, claro, que se ven claros, como cuando un grupo de chavales esperabamos en Santiago que llegara el sábado para que Manolo Soto "El Sordera" viniera del campo, "jarto de trabajá", para irnos de tabanco en tabanco, fandango va y viene, intuyendo lo que podría ser. Lo que podría ser que no fué en toda la medida que pudo. Y esta es otra cuestión del cante de Jerez y de los jerezanos cantaores, que vale la pena analizar, si es que las cosas del cante admiten análisis, cosa que seguimos dudando aunque estemos aquí, valga la paradoja.

Una de las características del cantaor de Jerez, desde tiempos inmemoriables, ha sido su despreocupación por la ortodoxia del cante. En Jerez se escucha cantar a Mairena y se le reconoce todo lo que significa de maestría, de límite de formas y de perfección, pero contrapuesto a Manolo Caracol, los flamencos de Jerez se quedan con todas las imperfecciones del difunto y, sobre todo, con su eco, por la sencilla razón, y estamos hablando de razones sin llegarlas a razonar, porque son imposibles de puntualizar definitivamente, de que les duele más y les pellizca en los adentros.

Entoces volvemos a la interrogación: ¿Cuál es la manera jerezana de entender el cante?. En Jarez, se sea cantaor o mínimamente aficionado, y con esta forma de apuntar pasamos por distintas escalas del entendimiento y del sentimiento flamenco, la condensación es más apreciada que toda explicación. En Jerez no sirve el erudito; en Jerez priva el intuitivo, el apasionado, aquel que da el golpe, el dejo más a compás, al compás tal como el jerezano lo entiende y siente interiormente, con exactitud, pero sin la exactitud declarada por los especialistas generales del flamenco. Tanto es así, que Antonio Mairena, el día, la noche que más ha gustado en Jerez fué hace tres o cuatro años, durante su intervención en los festivales, porque tuvo el propósito y lo declaró y lo consiguió, que es lo más difícil, de cortar el cante, de ir por derecho al compás, sin darle a la letra y a sus facultades la menor importancia. Es decir, cantó asimilando las maneras de Jerez en todo lo posible, algo que estamos seguro le costó una difícil concentración, pero que por su experiencia, maestría y ductilidad le fué posible, por algo es quien es, un maestro.

El cante de Jerez puesto así en la parrilla de análisis, requiere antes que nada un reconocimiento de causa, luego una especial capacidad de comprensión, después un ánimo específico para compulsar sus valores. Y no es cante brillante, ni un cante clásico, tal como los flamencólogos al uso y al abuso han determinado que debe ser el cante. En ello estriba su originalidad, en que se escapa de las rígidas leyes preconcebidas y establecidas, sin que nadie sea capaz por miedo al ridículo, de negarle su calidad de extraordinario, de expresión legítima de lo jondo.

Llega, pués, la hora, el monmento, el instante de recorrerlo, de ir puntualizando todo aquello que sus decidores de todos los tiempos han puesto de manifiesto. Mas para hacerlo no podemos, porque sería pura especulación, remontarnos más allá de la discografía y de lo que hemos conocido. Así, desde Tío Luís el de la Juliana hasta Frijones, pasando por el Marruro o Paco la Luz, lo que tenemos que admitir y asumir como legado es esa pertinente y natural jondura máxima que actualmente perdura, es decir, una lastimera y sentimentalísima dicción que se ha producido en todas las voces, más por repetición lógica que por mimetismo preconcebido. Lo que se llama trasmisión entre generaciones ha sido posible por la imperiosidad del temperamento y la herencia racial, y no por el deseo de unos determinados elementos.


Sigue



Escrito recopilado por José el del Pumarejo de la publicación:
RETABLO FLAMENCO
Peña Flamenca de Córdoba
Seminario de Estudios Flamencos
1977
Ediciones Escudero
Córdoba
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